respetar las normas de convivencia;
frecuentemente las confundo con cárceles,
tanto como invencible.
es hoy a su merced que pude salir,
que ahora estoy afuera, respirando un aire
que no quema.
de nuestras manadas.
“Treinta y cuatro boleterías con trescientos destinos cada una y yo sin tener ni a dónde ir ni a dónde volver- La vida siempre tan simpática”. Renata hizo una mueca de ironía y caminó observando los carteles con infinitas listas de lugares presenció el robo de un bolso señorial y se acercó a la ventanilla más próxima pensando cuán decadentes eran las terminales. Leyó el cartel en la camisa adulta del joven empleado, lo miró paciente y cansada.
- “Resulta molesto exponer tu nombre a un montón de gente indiferente.”
- “¿Cómo? – Luciano se mareó ante tan improvista verdad – Sí, creo… es incómodo, ¿por qué lo dice? – contestó inseguro y confundido –
- “Porque entiendo de colgarte carteles y que sean mal leídos. Quiero un pasaje para un micro que salga ya – lo pronunció con firmeza, volviendo enormes sus ojos – Ni se te ocurra informarme el destino, solo la plataforma en la que subo”.
Ocupó su asiento, colocó sus auriculares y se descubrió ansiosa por ver la nada de la ruta, la escasez de la gente, se encontró apurada por dejar atrás a León, a todos los problemas mentales que le disparaban su presencia, su ausencia y el sonido de su nombre. Pensando en todas las razones porque lo odiaba, recordó el último encuentro, tan violento y terminal, y como de costumbre… no pudo contestarse por qué elegirlo a él.
Yo creo, con mi men
te, con el dejarse creer.
Construyo y hago existir lo que creo.
La cuestión de nacer, la cuestión de la vida y
de la muerte radica en creer una explicación,
una forma inventada de fe en la creación.
Recordando que es pertenencia podemos
darle una forma, teniendo presente que
somos los amos de nuestros ojos
logramos dibujar un paisaje, borrarlo
y continuarlo cuantas veces nos dejemos caer.
Bien abajo hasta el no creer,
parar crear algo nuevo,
para hacer existir el paisaje
en el que seguir creando el poder de creer.
Por esas épocas, vos te encontrabas anclado a la estructura del tiempo, a la calma del orden, todo transcurría, mientras aun nadabas en el en el mar de la vida con los brazos del reloj. Por estas épocas, tan actuales y activas, en cambio vas a destiempo y sonreís al verte liberado, pero todavía no es en la basura donde se encuentra aquel reloj, lo conservás en el cajón, funcionando a oscuras. Quizás sea que te asusta la idea de que la madera donde flotas sin rumbo se desintegre en la oleada… de cualquier modo, tu reloj ya no nada para vos, es simultáneo, ya nada de vos por ese reloj. Con esto explico porqué es que no te permito ni uno de tus tonos para aquel.
Debería controlar la confusión entre tu fantasma y el mío, separar al tuyo del mío también debería intentar, porque tu mirada se encuentra distinta de aquella primera vez, en tu alrededor ya no existe más ese paisaje rosa, blanco y amarillo, en tu universo ahora se pinta mi ser expandido. Es a mi madera donde estás aferrado a través de la oleada de la vida. Puedo decir de manera firme y como pocas veces, que no siento miedo, creo (y con los ojos bien abiertos) en tu paso adelante, creo en que ya no te quedan dudas sobre tu andar, sé que estás seguro en tu camino hacia mi, más de mil millones de razones para no temer más, otras mil más para confiar, y otras millones para andar con vos. Todas ellas han conseguido que hoy duerma en paz y sobre tus latidos a mi dirigidos.

Insulsas, así terminaban resultándole sus pasiones, pero no solo pasaba con él, esto ocurrió con todos y cada uno de los tipos de su vida. Se volvía desapasionada y fría ante esas artes que antes la atraían, las mismas que la habían tentado a estar allí, frente y solo para ella.
Puede que funcionara como un veneno para arrancarse el
fracaso, talvez olvidaba la guerra cuando resultaba perdedor, ya en el caos final dormía tranquila. Cuando luego de unos años despetaba, el atrás se veía insulso, o solo su reflejo, por encontrarse ella ya desposeída de todo lo que la había capturado hasta la imaginación. Así el pasado a Renata se le volvía ajeno por distante, lo miraba indiferente, lo ignoraba por extraño a ella.
Si existía un problema, una falla del veneno, sin duda se trataba de aquel en donde el pasado despertaba por su voluntad, por sus ganas de saborear a Renata, cuando el ayer entraba a la habitación de hoy y zamarreaba las
ropas de la mujer que lo había resignado. Ahí terminaba la efectividad del veneno del olvido y la indiferencia que ella consumía para poder olvidar las guerras perdidas. Sin saber si por bien o por mal, los distintos bloques y pedazos del ayer, pocas veces la extrañaban tanto como para volver para despertarla; más aún si ya lo habían hecho anteriormente, resultaba que el precio de volver que el pasado a ella debía pagarle era la calma, la paz que se logra con su ausencia, en la mayoría de los casos era una estado de suerte lograr desapasionar a Renata.
Recortaba palabras de buen porte y sonido, agujereando revistas nuevas con algunas viejas confundidas, perdida en su laberinto de espejos, Renata jugaba con su arte. León intentaba arreglar la pésima imagen del televisor, como si en esta época fuese necesario mover la antena y luchar con la lluvia. Pensaba en su relación con el mundo, su modo de habitarlo y en las diferencias respecto a la perspectiva de Renata. Ella sufría lo insoportable que le resultaba su alrededor, él odiaba la mediocridad que sostenía este mundo. Para ella las cosas no eran buenas y eso, precisamente, era lo que mejor le sentaba, lo que aún la aferraba al infortunio de la vida común. Si ella estaba ahí, si ella estaba acá, siempre porque ahí y acá se lastimaba, aún siendo esto evitable.
Para León la historia era otra, este mundo era una bola gaseosa, olía a basura y sabía como tal, nada resultaba fiable, mucho menos conforme a sus deseos de certeza, de verdad, de decisión y lógica, sobre todo eso: para León este mundo carecía de racionalidad y se ahogaba en su estupidez. No tenía justificación y nada sin fundamento tenía para él, sentido de ser.
Probando distintos modos de posicionar un cable, León pensaba así sin reconocerlo, en la explicación de su asilamiento, sus andanzas escabullidas por la ciudad, sus escondites despoblados, en su atracción por atrincherarse con Renata, justamente con ella, tan ausente de este mundo, tan inasistente a la mesa comunal.
- ¿Es estúpido decirte que viajemos ahora y empecemos todo en un lugar desconocido, donde seamos más extraños de lo que ya somos aca?
- Ese televisor no va a funcionar, tenés que contratar un servicio si querés frivolidad. – Renata encendió un cigarrillo y dejó los recortes, cruzó las piernas y miró a León pensante – Puede que sea estúpido e infantil, o quizás sea algo transgresor y rebelde, de cualquier modo yo no tengo que empezar de cero, no voy en una “escalera al cielo”, yo me paseo por esta tierra de modo horizontal. Quiero decir, suene como suene, puede acompañarte.
Su caótica fachada se mostró levemente entusiasmada, sonreía a medias con su mirada desafiante, pero esta vez, además, se mostraba cómplice.
Renata sufría porque no entendía reglas de juego, no porque no las quisiera respetar, simplemente, (y a pesar de varias caídas), seguía desconociendo lo que era el tiempo, la espera y las partes lógicas de las interrelaciones. Actuaba como si realmente fuera la única habitante, y si es que otros existían, no entendía porqué se manejaban de modo distinto, porqué el mundo no funcionaba como ella, o al menos a su compás, y si no lo entendía, sin duda era porque jamás notó que había algo por fuera de su cabeza.
- Me voy a bañar, prepará un bolso, cuando salga nos vamos.
- ¿Inútil preguntar a dónde?
- Sí, inútil.
Dijo que fue pisado, pero aun debo pesarlo, no sabre si fue cierto, no interesa porque es la imaginación la que se siente real. Ni hago el intento de entender un “no sé”, cuando busco una respuesta, cuando estoy entregando un escenario, donde estoy esperando el circo. Será extremadamente pasional, o un eterno desquicio, de querer que todo sea rápido, para que cause más dolor, aunque se excuse por lo contrario. Miro al colchón desordenado, metáfora del suceso, disfraces del huracán. Podría levantarme y ordenarlo todo, hacer una llamada y cegarme para seguir por más, podría hacerlo todo como quisiera. Sigo haciendo lo contrario, me alejo en silencio y pienso, no es otra cosa la que quiero hacer, o serán solo más límites de la moral. Hará 20 minutos, todo era especial y distinto, brillaban miradas, se incendiaban pieles y olía a sonrisas por doquier, creíamos en eternidades, hasta hace unos momentos, vivíamos durmiendo soñándonos. El odio seria preferible a la compañía de la vida muerta, de las apagadas luces de lo único. “No es lo que había sido”, me repite insistente, corriéndome con su amor desesperado, como un niño sintiendo un cercano abandono, con los ojos temerosos por el espanto de los fantasmas. Se fue rogando un perdón sincero, pero a mi lo que me importa es que se fue, que no está acá, y que no ha vuelto para ordenar el metafórico colchón, ojala no supiera que lo sabe. Claro que le creo, creo en sus ojos, jamás miente el cuerpo ante el cuerpo, yo creo en que todo cambió desde aquel tiempo. Quisiera no conocer el ayer, olvidarme rápido de lo que firmemente debería no recordar, sombrear los eslabones descarrilados, los que faltan a la verdad de la historia, los que desobedecen a mis sueños. Escucho sus pasos, y sin embargo no dejo de sentir que no vuelve, y sin embargo no debería volver, y sin embargo yo no debería esperar que lo haga, y sin embargo no dejo de desearlo. Tampoco puedo evitar el olor a bazofia convencional, a leche de noche, a vuelo bajo y ese terrible pesar de las alas aceitosas.