Después de varias horas de gritos y de golpes, yacía tranquilamente dormida, aunque nunca del todo, al menos un poco alerta siempre debía seguir. Lo confesaba el ruido de sus dientes raspándose violentos unos a otros, como queriendo alertar que no estaba completamente indefensa, ni mucho menos en plena paz.
León la sentía con los ojos cerrados, acariciando su extraña belleza, su piel tan blanca como rígida, siempre helada, porque el cuerpo de Renata desconocía lo que no era frío, porque Renata nunca había sentido la temperatura ambiente, porque en su vida todo ardía o moría congelado.
Imaginó el momento de terror, aquel en el que ella se aburriera y se escapara, ni siquiera un portazo le regalaría. La vió sonriéndole con lástima disfrazada de ternura. Comenzó a temblar al verla bajar por las escaleras sin un gramo de dolor. Aquel día en el que Renata se iría, León lo sentía cerca, acechándolo en cada noche, sobre todo en las que ella se dormía desesperanzada, cuando rechinaba los dientes; y aún más peligroso lo sentía en esas mañanas en que ella se despertaba contenta, ilusionada con algo... que sin duda, no era él.

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