“Treinta y cuatro boleterías con trescientos destinos cada una y yo sin tener ni a dónde ir ni a dónde volver- La vida siempre tan simpática”. Renata hizo una mueca de ironía y caminó observando los carteles con infinitas listas de lugares presenció el robo de un bolso señorial y se acercó a la ventanilla más próxima pensando cuán decadentes eran las terminales. Leyó el cartel en la camisa adulta del joven empleado, lo miró paciente y cansada.
- “Resulta molesto exponer tu nombre a un montón de gente indiferente.”
- “¿Cómo? – Luciano se mareó ante tan improvista verdad – Sí, creo… es incómodo, ¿por qué lo dice? – contestó inseguro y confundido –
- “Porque entiendo de colgarte carteles y que sean mal leídos. Quiero un pasaje para un micro que salga ya – lo pronunció con firmeza, volviendo enormes sus ojos – Ni se te ocurra informarme el destino, solo la plataforma en la que subo”.
Ocupó su asiento, colocó sus auriculares y se descubrió ansiosa por ver la nada de la ruta, la escasez de la gente, se encontró apurada por dejar atrás a León, a todos los problemas mentales que le disparaban su presencia, su ausencia y el sonido de su nombre. Pensando en todas las razones porque lo odiaba, recordó el último encuentro, tan violento y terminal, y como de costumbre… no pudo contestarse por qué elegirlo a él.
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