Piensa en subir, respira y se repite que no, mejor aguardar, alguien tirará la primera piedra, y quizás, para aquel momento, tenga ganas de responder, de contestar el piedrazo. Sale y camina por su imaginación, piensa en ella, carismática y brillante, con su boca llena de víboras que se despliegan con una preciosa gracia, de modo tan agradable que no parecen tan venenosas.
El no se engaña, sabe que detrás de todo sí lo son.
Un sí, un paso y ahí va de nuevo: el auto-boicot. Pero ahora, de regreso su fantasía y ella, ella que ríe y gesticula, con esos ojos que todo lo expresan, que coordinan en un ritmo perfecto con sus palabras, que le explican los sentidos que está dando. Recuerda, ese sentido puede cambiar; él sabe que ella no es tan estable como intenta aparentar, él no es de ese montón que cree en esa bien actuada seguridad. Lento se va secando, progresivo… terroríficamente continuo.
Teme un día despertar y estar definitivamente solo, aunque más le teme a encontrarse conformado, que sería peor que estar solo, que sería aún más terrible que vivir sin ella. No encuentra más que esas opciones, porque salir a buscarla es complicado, tanto como vivir con su sombra, pero al menos esta lo deja estar de este lado, sentado, controlado, estable.
Sin embargo, en esa calma donde todo está bajo su mando, él la imagina, escucha sus risas, el perfume que dejaba su alegría, su ingenio maldito, cómico, sus seductoras verdades. Se decide nuevamente por el no, las piedras de Renata son muy pesadas, no podría resistir sentado, tendría que subir, tendría que saber sostenerlas. Mejor la nostalgia, mejor seguir estable, ahí va, y de nuevo elige el más acá, desde donde fantasear con las cosquillas de su mirada sobre él.
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