15.10.10
Mejor despierta
León la sentía con los ojos cerrados, acariciando su extraña belleza, su piel tan blanca como rígida, siempre helada, porque el cuerpo de Renata desconocía lo que no era frío, porque Renata nunca había sentido la temperatura ambiente, porque en su vida todo ardía o moría congelado.
Imaginó el momento de terror, aquel en el que ella se aburriera y se escapara, ni siquiera un portazo le regalaría. La vió sonriéndole con lástima disfrazada de ternura. Comenzó a temblar al verla bajar por las escaleras sin un gramo de dolor. Aquel día en el que Renata se iría, León lo sentía cerca, acechándolo en cada noche, sobre todo en las que ella se dormía desesperanzada, cuando rechinaba los dientes; y aún más peligroso lo sentía en esas mañanas en que ella se despertaba contenta, ilusionada con algo... que sin duda, no era él.
4.6.10
Pero No
El no se engaña, sabe que detrás de todo sí lo son.
Un sí, un paso y ahí va de nuevo: el auto-boicot. Pero ahora, de regreso su fantasía y ella, ella que ríe y gesticula, con esos ojos que todo lo expresan, que coordinan en un ritmo perfecto con sus palabras, que le explican los sentidos que está dando. Recuerda, ese sentido puede cambiar; él sabe que ella no es tan estable como intenta aparentar, él no es de ese montón que cree en esa bien actuada seguridad. Lento se va secando, progresivo… terroríficamente continuo.
Teme un día despertar y estar definitivamente solo, aunque más le teme a encontrarse conformado, que sería peor que estar solo, que sería aún más terrible que vivir sin ella. No encuentra más que esas opciones, porque salir a buscarla es complicado, tanto como vivir con su sombra, pero al menos esta lo deja estar de este lado, sentado, controlado, estable.
Sin embargo, en esa calma donde todo está bajo su mando, él la imagina, escucha sus risas, el perfume que dejaba su alegría, su ingenio maldito, cómico, sus seductoras verdades. Se decide nuevamente por el no, las piedras de Renata son muy pesadas, no podría resistir sentado, tendría que subir, tendría que saber sostenerlas. Mejor la nostalgia, mejor seguir estable, ahí va, y de nuevo elige el más acá, desde donde fantasear con las cosquillas de su mirada sobre él.
11.4.10
Encuentro terminal
“Treinta y cuatro boleterías con trescientos destinos cada una y yo sin tener ni a dónde ir ni a dónde volver- La vida siempre tan simpática”. Renata hizo una mueca de ironía y caminó observando los carteles con infinitas listas de lugares presenció el robo de un bolso señorial y se acercó a la ventanilla más próxima pensando cuán decadentes eran las terminales. Leyó el cartel en la camisa adulta del joven empleado, lo miró paciente y cansada.
- “Resulta molesto exponer tu nombre a un montón de gente indiferente.”
- “¿Cómo? – Luciano se mareó ante tan improvista verdad – Sí, creo… es incómodo, ¿por qué lo dice? – contestó inseguro y confundido –
- “Porque entiendo de colgarte carteles y que sean mal leídos. Quiero un pasaje para un micro que salga ya – lo pronunció con firmeza, volviendo enormes sus ojos – Ni se te ocurra informarme el destino, solo la plataforma en la que subo”.
Ocupó su asiento, colocó sus auriculares y se descubrió ansiosa por ver la nada de la ruta, la escasez de la gente, se encontró apurada por dejar atrás a León, a todos los problemas mentales que le disparaban su presencia, su ausencia y el sonido de su nombre. Pensando en todas las razones porque lo odiaba, recordó el último encuentro, tan violento y terminal, y como de costumbre… no pudo contestarse por qué elegirlo a él.
12.3.10
La máscara de la bestia
He llegado a conocer distintos seres interiores que se oponían, que actuaban, que eran completamente contrarios al personaje que los cargaba, pero no podría decir que alguna vez he conocido, o me he encontrado frente a una bestia como la que vive en él. Esas máscaras que interactuaron conmigo, esas personas que intentaban serlo frente a mi, luchaban con sus seres interiores, con su parte 100% humana, porque esta parte animal es egoísta, por más digna y admirable que sea, siempre hará lo que quiera hacer, sea esto causar milagros o terribles gualichos. He descubierto a lo largo de este camino una serie de personas agresivas, controladas, estructuradas, con el interior habitado por niños solitarios, animales desmedidos y con puro viento en libertad, respectivamente.
Conocer esos seres, despertarlos y preguntarles, lavarles las caras y contemplarlos, siempre, sin excepción suele ser problemático, pero toda solución necesita de un problema. Se complica aún más cuando lo hemos escondido, suele ser mas rebelde y porfiado cuanto más tiempo le (y nos) hemos mentido sobre su existencia, es como un perro que se cría atado, se forja violento e imprudente.
Quizás sea esta la razón que explica a su bestia, la habrá negado desde siempre y la terminó enfureciendo. Me pregunto si lo que asusta de él es su monstruo o su máscara cuando lo intenta encubrir, o sí es la complicidad que mantienen ambos, o quizás lo más probable sea lo mal que se llevan. A veces creo que su “mr hyde” lo intenta hacer libre, pero su “dr Jekyll” no soporta los riesgos de la libertad. Es lamentable que así sea y extraño a su vez, porque me decepciona mucho más su máscara cómoda, cobarde y mala actriz que su bestia egocéntrica, despiadada e incapaz de amar.
Asimismo su personaje es maravilloso, es entendible que no quiera abandonarlo, siendo que le provee de caricias, halagos y amor, se mantiene tan opuesto a su bestia que mucha gente jamás imaginaría cuánto lo habita. Sospecho que lo conozco de otra vida, en algún otro estado ya lo investigué, porque desde el primer encuentro le descubrí en la mirada unos pantanos oscuros, una densa y helada niebla.
Los instantes donde me enamoré de él fueron aquellos donde olvidé que escondía su ser humano. Puedo decir con suma seguridad que amo su máscara, su personaje tierno y tranquilo. Pero mis dolores no brotan de este engaño, tampoco lo culpan, mis dolores vienen del fin del engaño, de la inevitable verdad que su bestia no se detendrá, y lo que es aún peor, su máscara tampoco va a abandonar la pelea. Así como me enamoré, me encuentro desenamorada de su personaje, esta vez su bestia no es acusada, como nunca lo pudo ser, porque considero aún más triste para él, que lo dejen de amar por su maravillosa máscara que con tanta minuciosidad ha podido sostener.
Lo que mas sufrimiento le causará es que será la primera vez de todas las veces que lo abandonaron, donde se cansan de su personaje, donde se indignan de su actuación.
Quisiera que este fin le enseñe a producir algo distinto, porque sé cuál es la única metodología que lo hará: el dolor. Desearía que existiese otra manera de detener su afán de ocultar desesperadamente a su bestia y las huellas que deja cuando ha salido de caza, que su máscara conviva con ella, que sean sinceros mutuamente. Desearía que termine su mentira, para que termine mi certera sospecha, que termine su eterno escondite para que su bestia me ame.
9.1.10
8.1.10
Desnudo
La ilógica de la necesidad fue la razón, lo dejó consumirse ante sus ojos al último centímetro de esa vela, donde la pequeña llama se aferraba al cordón por no ahogarse. El se mantuvo quieto viéndola morir, solo por miedo a no volver a mirarla, con la locura de verla consumida. Su desesperación no sabe conducirlo al lado del sin temor, mucho menos logra mostrar la calma, y aún así, con ella se permitió mostrar la verdad, liberó su odio al dolor, para llevarlo a sufrir, y a su vez, a arriesgar por única y última vez, su máscara de indiferencia.
Ojalá los olvide
Insulsas, así terminaban resultándole sus pasiones, pero no solo pasaba con él, esto ocurrió con todos y cada uno de los tipos de su vida. Se volvía desapasionada y fría ante esas artes que antes la atraían, las mismas que la habían tentado a estar allí, frente y solo para ella.
Puede que funcionara como un veneno para arrancarse el
fracaso, talvez olvidaba la guerra cuando resultaba perdedor, ya en el caos final dormía tranquila. Cuando luego de unos años despetaba, el atrás se veía insulso, o solo su reflejo, por encontrarse ella ya desposeída de todo lo que la había capturado hasta la imaginación. Así el pasado a Renata se le volvía ajeno por distante, lo miraba indiferente, lo ignoraba por extraño a ella.
Si existía un problema, una falla del veneno, sin duda se trataba de aquel en donde el pasado despertaba por su voluntad, por sus ganas de saborear a Renata, cuando el ayer entraba a la habitación de hoy y zamarreaba las
ropas de la mujer que lo había resignado. Ahí terminaba la efectividad del veneno del olvido y la indiferencia que ella consumía para poder olvidar las guerras perdidas. Sin saber si por bien o por mal, los distintos bloques y pedazos del ayer, pocas veces la extrañaban tanto como para volver para despertarla; más aún si ya lo habían hecho anteriormente, resultaba que el precio de volver que el pasado a ella debía pagarle era la calma, la paz que se logra con su ausencia, en la mayoría de los casos era una estado de suerte lograr desapasionar a Renata.
17.11.09
De huídas y extraños
Recortaba palabras de buen porte y sonido, agujereando revistas nuevas con algunas viejas confundidas, perdida en su laberinto de espejos, Renata jugaba con su arte. León intentaba arreglar la pésima imagen del televisor, como si en esta época fuese necesario mover la antena y luchar con la lluvia. Pensaba en su relación con el mundo, su modo de habitarlo y en las diferencias respecto a la perspectiva de Renata. Ella sufría lo insoportable que le resultaba su alrededor, él odiaba la mediocridad que sostenía este mundo. Para ella las cosas no eran buenas y eso, precisamente, era lo que mejor le sentaba, lo que aún la aferraba al infortunio de la vida común. Si ella estaba ahí, si ella estaba acá, siempre porque ahí y acá se lastimaba, aún siendo esto evitable.
Para León la historia era otra, este mundo era una bola gaseosa, olía a basura y sabía como tal, nada resultaba fiable, mucho menos conforme a sus deseos de certeza, de verdad, de decisión y lógica, sobre todo eso: para León este mundo carecía de racionalidad y se ahogaba en su estupidez. No tenía justificación y nada sin fundamento tenía para él, sentido de ser.
Probando distintos modos de posicionar un cable, León pensaba así sin reconocerlo, en la explicación de su asilamiento, sus andanzas escabullidas por la ciudad, sus escondites despoblados, en su atracción por atrincherarse con Renata, justamente con ella, tan ausente de este mundo, tan inasistente a la mesa comunal.
- ¿Es estúpido decirte que viajemos ahora y empecemos todo en un lugar desconocido, donde seamos más extraños de lo que ya somos aca?
- Ese televisor no va a funcionar, tenés que contratar un servicio si querés frivolidad. – Renata encendió un cigarrillo y dejó los recortes, cruzó las piernas y miró a León pensante – Puede que sea estúpido e infantil, o quizás sea algo transgresor y rebelde, de cualquier modo yo no tengo que empezar de cero, no voy en una “escalera al cielo”, yo me paseo por esta tierra de modo horizontal. Quiero decir, suene como suene, puede acompañarte.
Su caótica fachada se mostró levemente entusiasmada, sonreía a medias con su mirada desafiante, pero esta vez, además, se mostraba cómplice.
Renata sufría porque no entendía reglas de juego, no porque no las quisiera respetar, simplemente, (y a pesar de varias caídas), seguía desconociendo lo que era el tiempo, la espera y las partes lógicas de las interrelaciones. Actuaba como si realmente fuera la única habitante, y si es que otros existían, no entendía porqué se manejaban de modo distinto, porqué el mundo no funcionaba como ella, o al menos a su compás, y si no lo entendía, sin duda era porque jamás notó que había algo por fuera de su cabeza.
- Me voy a bañar, prepará un bolso, cuando salga nos vamos.
- ¿Inútil preguntar a dónde?
- Sí, inútil.
4.4.09
Adoquines en la brisa
Caminaba apurada por el frío de la mañana, aunque de todos modos no tenía otra forma de caminar, siempre Renata apurada, sin saber esperar, ni siquiera por un paso sabía esperar. Hizo siete cuadras y finalmente decidió el rumbo. Ennegrecieron sus ojos verdes, y su expresión se volvió cada vez más desafiante, los borregos negros golpeaban el aire, agitando el tapado antiguo y descolorido, Renata era una llama directa hacia el incendio.
Su cara rígida observaba el timbre del séptimo “A”, respiraba agitada, cegada de odio, herida hasta las neuronas, con esas lágrimas imposibles haciendo cortocircuitos en cada uno de sus pensamientos. Cerró los ojos, recordó el espejo y esta vez vio su cara, su expresión rendida, sus gestos de dolor. Como un felino se agazapó, como una fiera otra vez atacó; apretó rabiosa y sin escrúpulos el timbre, corriendo a la calle.
León ensayaba fórmulas en su computadora, su día era de esos sin sentido y entretenidos, divagando en informaciones de fácil olvido y poca importancia para la difícil vida misma. Olía el café pensando en la extraña ausencia de Renata, su peligrosa falta y su amenazante calma. Cada vez que su imponente nombre tomaba presencia, su nombre que tan bien encajaba en su imagen de alteridad y soberbia, en su espontaneidad despreocupada, cada vez que Renata sonaba, se escuchaban todos sus ruidos, León los sabía disfrutar, él se sentía vivo en ellos. Esos gritos crueles y descabellados que ella tenía, a su vez lo mantenían alerta, Renata no era un lugar donde descansar, y su presencia era excluyente respecto a la paz.
Su café quedó igual de aturdido cuando León se sacudió con el punzante timbre, apoyó la taza sin saber dónde y gritó al portero eléctrico: “Sos una hija de puta, Renata” .
El grito no fue suficiente, nadie contestaba, León dejó colgando el tubo callado, se asomó al balcón para encontrarla, como sabía que ella iba a estar.
Desde abajo Renata le sonrió y se agachó, León se preocupó. Ella sonreía con su torso encorvado, con la mirada ciega, él se asustó sin entender aún de qué, pero teniendo muy en cuenta de quién se trataba.
“Si voy a ser una de tus putas, al menos quiero ser la que te salga más cara”. Sus manos lanzaron un violento adoquín, destruyendo en irreparables pedazos el parabrisas de León, dejando su locura fuera de todo límite, allí donde ella la prefería, bien delante de los ojos del amo.
19.12.08
Escondido
- ¿León? ¿Cómo describirlo? Simple: Mucho menos de lo que dice ser, mucho menos de lo que dice tener, y con una deslumbrante capacidad de hacer sentir a cada una de sus mujeres, las más intercambiables de las cosas. ¿León? Un puto sin amigos para retener lo que lo salva.
El sacó las manos de Renata de sus testículos, suavemente firme terminó:
- Es tu opinión.
7.11.08
Luz
Al lado yacía un cadáver, uno de los sin nombre que la abastecían de necesidades básicas, bien básicas. Dormía en el piso, de la misma manera que en la vida de Renata.
5.11.08
Mi Correspondencia no correspondida (ni respondida)
A veces pienso que las explicaciones son para los que no entienden, otras considero que lo
implícito es para los cobardes. Llamo "cobardes" a esos que vos llamas "no van de frente",
hablamos de lo mismo, pero yo prefiero la armonía. Me pregunto si seré lo que intento ser, o si solo soy lo que puedo, mientras imagino que reflejo lo que quiero ser; me respondo que no sé lo que soy, no sé lo que me das y no sé lo que doy. Irónicamente, alrededor solo crece lo que no veo
que doy, reniego con la excusa de que es lo que me toca; es lógico... nadie acepta lo que no quiere ver.
Aprendí a caminar firme solo emanando hielo, seguro porque el frío es mi hábitat, no encuentro dónde pisar cuando el clima es cálido, comienzo a sentir algo así como... como... miedo. Hasta me
cuesta pronunciar esa palabra tan cargada de mi: miedo. Me tomó un tiempo importante el entender porqué no entiendo al miedo, pero por suerte para mi autodestrucción, soy necia, así que con un poco de masoquismo concluí que he desterrado a la palabra miedo de mi vocabulario, o al menos la cambié por la palabra LUCHA. Será que cuando uno se maneja a los golpes no entiende de cobardías, o será que cuando la fuerza es tan porfiada solo sabe arrazar. Todo va bien mientras uno no descubra que siente miedo. Ojo! no todos le temen al miedo, te aseguro que he tenido la desagradable experiencia de conocer y convivir con "personas" (lo pongo entre comillas porque no puedo dimensionar la idea de que sean de misma especie) que viven gracias al miedo, se refugian en la debilidad y así engañan a los fuertes. Siempre pensé que esa gente era inofensiva, ahora considero que son unos hipócritas, nocivos sin escrúpulos, a los que solo se derrota con un arma: la honestidad.
Nuevamente me descubro esquivando, evitando a mi salvajismo (que solo juega para, por y contra mi) que no para de deicrme: "estás siendo mediocre, estás siendo cobarde". Tengo una parte completamente suicida, no suele atacar mi cuerpo, se deleita con mi mente, se alimenta de mis impulsos. Enfrentada a esa parte está mi lado estratégico, lucha por sobrevivir, piensa, evalúa, se conserva, se cuida y sobre todo se dedica a prevenir. Estas partes de mi no se suelen molestar entre sí, cada una hace lo que le corresponde dónde le corresponde. Las dos bajo mi ilusorio mando; primero analizo la situación, luego decido cuál de las partes manejará dicha situación. Así logre lo quise, y lo que no logré fue porque no lo quise del todo. Ahí apareció mi
salvajismo: "dejá de marearlo, solo evadís de vos misma a tus propios miedos".
Bien, a los hechos. Mis dos partes, la suicida y la estratega, se han entrometido en el mismo asunto, no he llegado a la conclusión del análisis de la situación, no estoy mandando (ni siquiera como mentira), y ninguna de mis partes quiere abandonar la lucha por el timón. ¿Qué es lo que siento? Miedo. ¿Qué hago yo con los cobardes que se resguardan tras el miedo? Lleno las palmas de mis manos con honestidad y les agrieto las mejillas de sus enmascarados rostros. Entonces, sin piedad, debería hacer lo mismo conmigo. Es difícil enfrentarse a un guerrero que solo avanza cuando no teme destruir, es difícil reconocer que ese guerrero soy yo. Tengo que aniquilarme con la verdad, para vencer los miedos y aprender a caminar donde no hiela. pero lo extraño es que tengo que mostrar lo que considero debilidades para volverme fuerte. O solo dejar de considerarlas debilidades y llamarlas sentimientos.
Me saturó el escape, me cansé de la huída, detesto la lucha entre mis partes, la lucha silenciada que cada vez que se le antoja hacer un poquitito de ruido, me perturba y enloquece. Fuiste testigo de los distintos accionares de mis muy diferentes partes, capáz sospechaste la existencia
de una lucha entre ellas, pero como jamás lo hicimos verbal, me intenté convencer de que no se hacía evidente. Por esa razón, silenciaba la batalla y continuaba a los zigzagueos, una caricia y un
zarpazo, dependiendo de cuál de las partes ocupaba el trono de la situación. Anoche pensé en que
tu accionar dependía del mío, es decir, a cada zarpazo mío respondías con uno tuyo, lo mismo con
las caricias, todo como en una misma bolsa, todo como encubierto.
Bajo la guardia, y muy en serio te digo que te quiero, que tengo ganas de jugar con vos a no atarnos pero a tenernos, sin miedo, jugar sin reglas, sin saber a qué jugamos. Hoy me quedo o me
voy, pero no me silencio nunca más, hoy me aflojo, hoy doy eso a lo que temo, doy mis brazos sin cadenas. No interesa mi elección, ya convertí esto en una historia, por vez primer sin histeria y
mostrando lo que soy desde el minuto inicial. Estuve cuidándome de que me maten, me estuve
cuidando de morir, hasta que dejé de sentirme viva por miedo a sentir.
Como verás, y para concluir, detesto la cursilería formal, y no me brotan con facilidad las
palabras sentimentales, pero cuando quiero entrego MI forma de ternura; detesto los compromisos de estar, pero siempre que quiero me gusta acompañar; detesto la normalidad y me entrego a la diferencia cuando hay materia prima para crear; detesto el asfixio pero por esta vez salgo de mi escondida soledad para invitarte a más; detesto las novias y solo sirvo para fiel cómplice. Confío en mi parte suicida, confío en mí, y con esto basta.
"Todas las verdades silenciadas acaban por destilar veneno" F. Nietzsche.
