Te miro, vivo viéndote gigante, te admiro. Elogio tu valentía, tu foráz voluntad de seguir adelante, esa poderosa forma de levantarte, a tu manera, siempre por la vía del mayor esfuerzo. Te veo sonriendo, disfrutando de perderte en la vanalidad, conservando a tu espíritu joven, insistiendo con nunca dejar de soñar, así buscás una ambición que perseguir. Inquieta, charlatana, social... me quedo viendo cómo correteás por el mundo y río, río de tu modo de vivir incansable.
Como si fuese yo, puedo sentir también tu dolor, cómo si todavía te quedara un gustito amargo, como si aún faltase algo en esta vida, en la tuya, en la que nunca faltó una lágrima. Un dolor. Ese dolor junto a muchos otros, tanto los del día a día, tanto como aquellos otros, esos que se asoman desde las ausencias, de aquellos amores que no van a volver. Sufro tu herida por ese hombre que amaste con exceso, tu pieza de perfecto encastre, ese actor de tu historia, el que te dio todo: risas, quejas, fatalidades, compañerismo, llantos, y sobre todo, lo que más te ha brindado, lo que te seguirá sangrando: su incondicionalidad. Es por esto que me atrevo a asegurarte que no existe posibilidad alguna de que te haya abandonado, porque fue desde el primer día en que te vió que jamás pudo separarse de tu sombra, ni en los mas violentos enojos pudo alejarse de vos, por el simple motivo de la necesidad.
A pesar de hoy decir "¡Ay!, como debe dolerle", también puedo sonreir con hermosa nostalgia, al recordar sus miradas, al conservar las imágines juntos, con el encuentro de sus ojos cómplices. Quizás sea ese vínculo, esa asociación quasi delictiva, otra de las perfectas flores que te ganaste en la vida, tan especial y única como cada una de las muchas que tenés en estos caminos.
En tu historia y en tu mirada sobre ella, también escucho cuánto late aún tu papá, tan parecido al mío, y tan importante en vos como él. Imposible es explicar la manera en que su recuerdo logra sostenerte, como si su voz supiese susurrarte "Adelante, vos te merecés más", siendo eso motivo suficiente para subir desde el pozo más negro y profundo. Ojalá el mío pueda hacer eso con nosotras, y ojalá el tuyo te lleve cada día más lejos del dolor, y más cerca de tu divertida sonrisa.
Espero muchas veces más poder decirte que sos una madre de hierro, con el espíritu de una leona y la sensibilidad de un cristal. Es maravilloso ese modo de sentirte felíz al hacernos la vida más llena de alegrías, es encantador ver cómo todo lo das solo por amor. Un poco guardiana, otro poco hija, y con mucho de exageración permanecés junto a nosotras, tus hijas, tu mamá, tus yernos, tus "compañeritos", tus colegas, y este nuevo ser - al que ahora mismo estoy moviendo en su cochecito - quien, como su abuelo, sabe sacarte tantas sonrisas como enojos y desquicios. Deseo que tanto ella, tu nieta Juana, como tu fiel y crítica compañera Paula, tanto como yo, logremos devolverte al menos un 10% de todo el amor y la protección que nos brindaste a lo largo del camino. Deseo que sonrías despreocupada cada día, que sumes minutos de satisfacción y más de eternos segundos de esa purpurina que destella tu coqueta presencia.
De nuevo, te admiro, mamá.
Como si fuese yo, puedo sentir también tu dolor, cómo si todavía te quedara un gustito amargo, como si aún faltase algo en esta vida, en la tuya, en la que nunca faltó una lágrima. Un dolor. Ese dolor junto a muchos otros, tanto los del día a día, tanto como aquellos otros, esos que se asoman desde las ausencias, de aquellos amores que no van a volver. Sufro tu herida por ese hombre que amaste con exceso, tu pieza de perfecto encastre, ese actor de tu historia, el que te dio todo: risas, quejas, fatalidades, compañerismo, llantos, y sobre todo, lo que más te ha brindado, lo que te seguirá sangrando: su incondicionalidad. Es por esto que me atrevo a asegurarte que no existe posibilidad alguna de que te haya abandonado, porque fue desde el primer día en que te vió que jamás pudo separarse de tu sombra, ni en los mas violentos enojos pudo alejarse de vos, por el simple motivo de la necesidad.
A pesar de hoy decir "¡Ay!, como debe dolerle", también puedo sonreir con hermosa nostalgia, al recordar sus miradas, al conservar las imágines juntos, con el encuentro de sus ojos cómplices. Quizás sea ese vínculo, esa asociación quasi delictiva, otra de las perfectas flores que te ganaste en la vida, tan especial y única como cada una de las muchas que tenés en estos caminos.
En tu historia y en tu mirada sobre ella, también escucho cuánto late aún tu papá, tan parecido al mío, y tan importante en vos como él. Imposible es explicar la manera en que su recuerdo logra sostenerte, como si su voz supiese susurrarte "Adelante, vos te merecés más", siendo eso motivo suficiente para subir desde el pozo más negro y profundo. Ojalá el mío pueda hacer eso con nosotras, y ojalá el tuyo te lleve cada día más lejos del dolor, y más cerca de tu divertida sonrisa.
Espero muchas veces más poder decirte que sos una madre de hierro, con el espíritu de una leona y la sensibilidad de un cristal. Es maravilloso ese modo de sentirte felíz al hacernos la vida más llena de alegrías, es encantador ver cómo todo lo das solo por amor. Un poco guardiana, otro poco hija, y con mucho de exageración permanecés junto a nosotras, tus hijas, tu mamá, tus yernos, tus "compañeritos", tus colegas, y este nuevo ser - al que ahora mismo estoy moviendo en su cochecito - quien, como su abuelo, sabe sacarte tantas sonrisas como enojos y desquicios. Deseo que tanto ella, tu nieta Juana, como tu fiel y crítica compañera Paula, tanto como yo, logremos devolverte al menos un 10% de todo el amor y la protección que nos brindaste a lo largo del camino. Deseo que sonrías despreocupada cada día, que sumes minutos de satisfacción y más de eternos segundos de esa purpurina que destella tu coqueta presencia.