La desesperación como desborde de una pasión desordenada, un torbellino violento volando las imágenes del alrdedor. Le resulta imposible mantenerse vestido ante el atropello policial del adiós crudo y la distancia que ella le dispara. Es que a la manera que más caro le costó aprendió a despedirlo desnuda, dejándolo en iguales condiciones.
La ilógica de la necesidad fue la razón, lo dejó consumirse ante sus ojos al último centímetro de esa vela, donde la pequeña llama se aferraba al cordón por no ahogarse. El se mantuvo quieto viéndola morir, solo por miedo a no volver a mirarla, con la locura de verla consumida. Su desesperación no sabe conducirlo al lado del sin temor, mucho menos logra mostrar la calma, y aún así, con ella se permitió mostrar la verdad, liberó su odio al dolor, para llevarlo a sufrir, y a su vez, a arriesgar por única y última vez, su máscara de indiferencia.
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