15.5.12

Fire

Quisiera hacer de esta una carta de despedida. Saludarte como a un cercano amigo y cerrar la puerta. Solo pensando hacia dónde queda el camino a seguir. Voy a decirte que los tiempos buenos fueron brillantes, que me llegaron mucho mas hondo que estos actuales, los tiempos de la nada. Haré el análisis sobre lo aprendido, sobre lo perdido y lo que faltó, eso que siempre esperé que pase con nosotros. Quizás, si hubiese pasado no te escribiría este simple y liviano "chau". Puede que también te deje algunos reclamos y varias quejas, eso porque las ansias de libertad me enceguecen y apagan todo intento de nostalgia o ilusión. Lo que sigue es un poco de veneno, te voy a hablar de nuevos nombres, de ojos resplandecientes, de sexo encendido, y por qué no de viejos recuerdos con los que salgo a dar unas vueltas, mientras dormís en tu silencio. De todas maneras y a estas alturas, lo que haga con mi cuerpo y su provocación está lejos de ser objeto de tu interés, mucho menos importante que cualquier otra cosa de este mundo indiferente, al que pertenezco sin alguna explicación. Puede que después de la parte venenosa terminemos un poco ensangrentados, con algún que otro rasguñón ardido. Eso nos hará olvidar por un rato de nuestras ganas de huir, nos golpeará fuerte, dejándonos con nuestras cabezas gachas y las miradas en los zapatos. Van a pasar miles de imágenes en un vaivén de buenas y malas, hasta llegar a la escena viva, esa de vernos sentados. Despidiéndonos. Ahí es cuando vamos a levantarnos y encontrarnos con los ojos del otro, con las expresiones aterradas, por ese silencio crudo con el que nos golpea el fin.


29.2.12

Enquilombada


Soy una persona que acumula lo que popularmente se llaman "PORQUERIAS", si bien no adhiero a ese nombre. Estoy segura de que a lo largo de mi vida, en alguna vuelta vertiginosa a las cuales me suelo entregar (aproximadamente cada 2 o a lo sumo, 3 años) sé que va a surgir la posibilidad de utilizar aquello que todo el resto del tiempo me resultó innecesario. "Mugre", digamos. Mi casa está repleta de bolsas de consorcio, cajones y cajas de millones de artículos que no utilizo, que son estéticamente desagradables, en su mayoría estorban, nunca sé dónde ubicarlas y sin duda, me invaden la casa de una imagen de caos, desorden y falta de limpieza. "Mi casa"... hablemos a cara lavada, mi vida toda, en la faceta que me busquen está lleno de objetos, entes e ideas que me otorgan mi principal adjetivo: Enquilombada.
Esta falta del mínimo de pulcretud la justifico, EN ABSOLUTO, a este monton de todo que me sirve para algo socialmente beneficioso. Muchas veces intenté cambiar, de hecho, de vez en cuando hago una "limpieza"; pero siempre resulta escasa, como si no hubiese tirado nada. Siendo que cada pertenencia que dejé ir a cualquier destino, fue todo un acontecimiento forzoso para mi psiquis. Nunca las quiero tirar, pero no caben todas y para tener algunas, tengo que desechar otras. No es que tiro y punto, se trata de toda una filosofía. Estoy dejando posibilidades fuera de mi vida.  Son caminos que digo: No voy a elegir. Como por ejemplo los strapples de mis 15 o 16 años, o los encendedores sin gas y con chispa, o viceversa. Y el resto se acumula, todo el resto que algún ser humano quiera imaginar, desde placares repletos, hasta la lista del MSN con 1200 contactos completamente desconocidos o de larga data, quienes jamás me ven, porque siempre me conecto "invisible", "desconectada" o "appear offline". Lo hago para elegir yo con quien establecer una conversación, y ser quien inicie el diálogo. Sí, mambitos por todos lados.
Lo que acumulo lo tengo porque siempre quiero que todo cambie, porque me gusta tener la mochila casi lista, y las herramientas para salir a andar por donde quiera, cuando el mundo pulcro y productivo me agovie, para perderme a jugar con mis porquerías.

Desandadar

Tengo un remolino mental y no puedo encontrarle el centro. Todo se va arrastrando hacia él, algunas imágenes van mas rápido que otras, no tan violentas. Si intento razonar, me pierdo contra la marea, intento desandar los nudos, y solo logro perderme ahí, en algún rincón del "¿qué me pasa?". Me exploro hasta ahogarme en alguna turbulenta pregunta, de esas pantanosas, de las que salís siempre dejando un poco enchastradas las huellas. El vicio del manoseo sentimental se basa en la soledad, un acontecer que no necesita mas que de mí, sólo mi pensamiento desordenado, con las ideas volando en forma centrífuga. Recuerdos, sensaciones, sueños, verdades, respuestas, todos girando hacia el silencio. El silencio de la nada.