12.3.10

La máscara de la bestia

Su bestia se pisó sola, lo deschabó en su cara. El lleva una monstruosidad dentro, tiene un ser oscuro, netamente humano, despiadado por demás. Si esa bestia que encarna sus entrañas me amara, las cosas podrían funcionar casi de manera perfecta.
He llegado a conocer distintos seres interiores que se oponían, que actuaban, que eran completamente contrarios al personaje que los cargaba, pero no podría decir que alguna vez he conocido, o me he encontrado frente a una bestia como la que vive en él. Esas máscaras que interactuaron conmigo, esas personas que intentaban serlo frente a mi, luchaban con sus seres interiores, con su parte 100% humana, porque esta parte animal es egoísta, por más digna y admirable que sea, siempre hará lo que quiera hacer, sea esto causar milagros o terribles gualichos. He descubierto a lo largo de este camino una serie de personas agresivas, controladas, estructuradas, con el interior habitado por niños solitarios, animales desmedidos y con puro viento en libertad, respectivamente.
Conocer esos seres, despertarlos y preguntarles, lavarles las caras y contemplarlos, siempre, sin excepción suele ser problemático, pero toda solución necesita de un problema. Se complica aún más cuando lo hemos escondido, suele ser mas rebelde y porfiado cuanto más tiempo le (y nos) hemos mentido sobre su existencia, es como un perro que se cría atado, se forja violento e imprudente.
Quizás sea esta la razón que explica a su bestia, la habrá negado desde siempre y la terminó enfureciendo. Me pregunto si lo que asusta de él es su monstruo o su máscara cuando lo intenta encubrir, o sí es la complicidad que mantienen ambos, o quizás lo más probable sea lo mal que se llevan. A veces creo que su “mr hyde” lo intenta hacer libre, pero su “dr Jekyll” no soporta los riesgos de la libertad. Es lamentable que así sea y extraño a su vez, porque me decepciona mucho más su máscara cómoda, cobarde y mala actriz que su bestia egocéntrica, despiadada e incapaz de amar.
Asimismo su personaje es maravilloso, es entendible que no quiera abandonarlo, siendo que le provee de caricias, halagos y amor, se mantiene tan opuesto a su bestia que mucha gente jamás imaginaría cuánto lo habita. Sospecho que lo conozco de otra vida, en algún otro estado ya lo investigué, porque desde el primer encuentro le descubrí en la mirada unos pantanos oscuros, una densa y helada niebla.
Los instantes donde me enamoré de él fueron aquellos donde olvidé que escondía su ser humano. Puedo decir con suma seguridad que amo su máscara, su personaje tierno y tranquilo. Pero mis dolores no brotan de este engaño, tampoco lo culpan, mis dolores vienen del fin del engaño, de la inevitable verdad que su bestia no se detendrá, y lo que es aún peor, su máscara tampoco va a abandonar la pelea. Así como me enamoré, me encuentro desenamorada de su personaje, esta vez su bestia no es acusada, como nunca lo pudo ser, porque considero aún más triste para él, que lo dejen de amar por su maravillosa máscara que con tanta minuciosidad ha podido sostener.
Lo que mas sufrimiento le causará es que será la primera vez de todas las veces que lo abandonaron, donde se cansan de su personaje, donde se indignan de su actuación.
Quisiera que este fin le enseñe a producir algo distinto, porque sé cuál es la única metodología que lo hará: el dolor. Desearía que existiese otra manera de detener su afán de ocultar desesperadamente a su bestia y las huellas que deja cuando ha salido de caza, que su máscara conviva con ella, que sean sinceros mutuamente. Desearía que termine su mentira, para que termine mi certera sospecha, que termine su eterno escondite para que su bestia me ame.

Perros Verdes


Me sugirieron que escriba todos esos recuerdos nuestros que quisiera que el tiempo no estropee, y siendo probable que mi memoria continúe deteriorándose, es acorde concordar. Esta lista de tesoros compartidos con vos quizás sea eterna, un sinfín de anécdotas que contaré al mundo, cuando me pregunten por vos aquellos que no tuvieron el agrado de haberte escuchado decirles: “un placer que me hayas visto bien”.
Más allá de los recuerdos que quiero grabar y perpetuar en estas letras, considero fundamental volver indelebles tus mensajes, la inconsciente enseñanza que le regalaste al universo y a estos pasajeros que cruzaste en tu recorrido.
Todo queda abreviado, sintéticamente explicado con la palabra “LIBERTAD”, no solo la de tu vida, no solo la de tu forma de existir sino que con libertad me refiero también a la mía, a la que tenia al respirar tu refugio, al saberte vivo. Amo la presencia que imponías al estar, al hablar, al llegar, como también amo esa poca (nada) prudencia para decir todo lo que tanto pensabas, lo que poco ocultabas, la que (como pocos) espero heredar. Tus ideales y tu apasionada manera de practicarlos, esa particular metodología de ser un destacado personaje de inteligencia extrema e inolvidable.
Pensar que hay personas que pasan por esta vida sin rebeldía y sin riesgos… pensar que hasta ese tipo de sujetos dejan sus huellas hundidas, me lleva a preguntar ¿Cómo podrían no marcarse eternamente tu rebeldía y tus riesgos? ¿Cómo se haría para olvidar tu libertad?
Tuviste todo, hasta la facilidad para perderlo, como un vicio para salir de nuevo a buscar, esa adicción a empezar de nuevo, sin siquiera la nada misma. Junto y paralelo, tu alegría intacta, con tu conducta sumamente tachable y tu sonrisa inevitable y alentadora.
Has recibido un sinfín de demandas, reclamos, facturas y quejas causadas por tu soledad porfiada, por tu egoísmo a flor de piel, por tu megalomanía y tu egocentrismo, pero (porque siempre hay un pero) aún siendo todo un libro de quejas justificadas por su razón de ser, nadie es capaz de decir que lo hayas abandonado cuando en el sufrimiento se sintió boyando. En todas sus acepciones tu atención fue magnífica, minuciosa y acertada.
Aferrado a la vida, sin duda y sobre todas las otras cosas, aunque muchos opinen cruzado sobre tu extravagancia para viajar por este mar de latidos, amabas este paraíso terrenal, y ninguno más. Por eso entiendo y comparto tu disconformidad al llanto, al menosprecio de estar vivo, el culto a la enfermedad, a ese invento moderno del cual reíamos y renegábamos “la depresión”. Como un profeta, con tu lema de “con llorar no solucionás nada” forjaste tu ser indestructible y comenzaste a correr contra el tiempo, la cuenta regresiva se activó cuando el cuerpo te recordó que no era inmortal, que no quedaban muchas horas, solo las suficientes. Quizás sabiendo esto algunos logren entender porqué no dormías, porqué continuabas casi a los 60 con tu desenfreno veinteañero, con esa falta de respeto a la moral castigadora.
No fue gratis, aunque lo sufrían quienes te amaban, no te entendían y lo sabías, tenías bien en claro cuánto dolor eso causaba, me lo has confesado alguna vez. Pero ante todo el amor a la vida, no a la de otros, el amor era hacia tu vida. Por eso no aflojaste como te pedí, y hasta las 17.18hs no dejaste de repetirme que había que hacerle frente, con el ceño fruncido, con la sangre caliente. Para mí siempre serás invencible.
Primero la vida y (lo que para nosotros es lo mismo) la libertad, luego los seres que amas, esos eran tus valores, tus principios, tu filosofía y tu praxis.
“Somos perros verdes, María”. Definitivamente correcto.
No me permitirías que hable de lamentos, pero como tu herencia es mi desobediencia, digo con la mirada triste que te necesito para saber dónde buscan los perros verdes cuando el único otro de su especie se retira a descansar. Ya todo está dicho y ya todo lo sabés, para evitar el palabrerío solo voy a desearte: ¡Que seas libre, papá!

Tu clon.