Con desgano abrió su casilla, señales. Los ojos se prendieron, de sus poros salió luz, su boca se hizo una gigante sonrisa, euforia del nuevo encuentro. Leyó la bienvenida, la invitación encubierta, y también leyó el miedo, la inseguridad, la culpa. Importaba todo, hasta el pequeño signo en ese lugar específico, la repetición de determinadas letras, y la rugiente voz de León andaba en barco por su sangre.
Al lado yacía un cadáver, uno de los sin nombre que la abastecían de necesidades básicas, bien básicas. Dormía en el piso, de la misma manera que en la vida de Renata.
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