3.11.08
Refugio
Tiene ganas de oírla, de verla desplegar carcajadas por su habitación, contorneando sus redondas caderas entre sus sillas y el televisor. Anoche soñaba que la encontraba por calles perdidas, la vio caminar firme y sonriente a su beso, a su abrazo, sintió su mano recorriendo su pálida espalda, sintió cómo sus dedos celebraban el tacto de tan suave piel. Tiene bien en claro que ella aún tiene bendiciones que darle, que ella aún quiere de sus palabras, que es suya aunque no la toma, eso lo detiene, y sin embargo lo empuja lejos. No es ella quien lo echa, cómo lo va a despedir si duerme afiebrada detrás de su puerta cerrada, que él no abrirá por principios que condenan si se violan. Es la culpa de romper respetos, de tener a cargo un corazón ajeno, de haber hecho tantos agujeros eternos en historias fracasadas, es culpa de ser humano, de ser solitario y tan dependiente de compañía permanente. Es un conflicto bélico entre sus instintos y su juez interno, que aunque nada delate su fantaseado encuentro con ella, tampoco habrá algo que haga callar el silencio del remordimiento. Le puede escupir indiferencias, mostrarse de espaldas sobre la otra vereda, y hasta gritarle en su tierna cara que ella nunca fue algo más que una imagen cercana, un hermoso cuadro revolcado entre sus sábanas; y ella se lo va a creer, y a él le va a doler si ella lo hace. Está pensando el infinito número de razones que tiene para no abrirle la puerta, para dejar que se despierte y se vaya lejos, sabe de su vida, de su forma y de su eterna búsqueda de vacío, sabe que no podrá con ella, pero quiere regalarle su collar, hacerla su pertenencia. ¿Cómo lograr un último banquete, como saciarse de ella, cómo hacer para no querer más de su gracia, cómo inventarla en otro lugar?. Sus miedos lo dejan dónde está, atrás de esa puerta, asomado viéndola arrastrada y sangrante, sus dudas lo paralizan y agazapan, su pasado lo advierte y lo cuida de dejarla pasar, su presente lo estabiliza en la híbrida comodidad, hasta que ella se decida a marchar, hasta que se quede imaginándola volver para habitarlo.
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