Tiempos de encierro, caminando entre los espejos de la tristeza, qué fría se siente la multitud cuando algo se derrumba en el baúl de los lazos.
Un pecho presionado, se siente cómo la ansiedad de un misterio empuja desde el estómago, dándote ganas de correr, sin embargo la lanza manchó de sangre la brújula.
La mente se vuelve gritona, callando el murmullo del asfalto, apagando las sombras que giran en derredor, pensamientos turbios que no respetan el bienestar, pensamientos turbios que quisieras silenciar.
Tan desierta de sonrisas, la cara ausente de tanta desolación, solo pisas veredas, tan pesadas las pisadas de la frustración.
Es que las ilusiones tiemblan ante un leve soplido, son frágiles y tan fáciles de matar.
Preguntas sin escrúpulos, respuestas sin piedad, no sirven las soluciones, esta vez se necesita un antídoto para las reflexiones, que como hienas se devoran tu paz.
¿Para qué despotricar, si finalmente terminará?
El ruido de la vida se ve tan mudo, como si tu silencio aullara, como si tu dolor se derramara por la mirada, siempre ciega cuando se terminó eso que estabas por comenzar.
Será cuestión de decisiones, aunque ya no sepas de qué son estas riendas, habrá que salir a buscar, habrá que esperar, habrá que hacerse cargo de este derrumbe.
Todo como un boomerang, tantos minutos de risas y flores, se cobran con tantos minutos de lágrimas y tumbas, como un circulo, como el amor y el odio, como la alegría y la tristeza, arriba o abajo, siempre terminando.
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