24.12.07

Unos recuerdos muertos

Hundida y sin destino, pretendía levantarme de los restos del round perdido, con amagues de sonrisas terminaba encerrada en el oscuro sótano del miedo. Volví a la pelea, con espada y escudo de cartón, cuántas veces terminé de los pelos, acorralada contra la puerta sin encontrar la maldita conciliación. Entre tanta suciedad, rodeada de penumbras y gente sin ser, lamiendo mis heridas, atropellada de agresividad, mal oliendo y contaminando todo aquello que se acercaba. Otra vez, corriendo entre las sombras, entre débiles fantasmas que pueblan la ciudad, mostrando cuan de temer soy, ocultando a aquel que me derrumbaba cada vez que su día lo maltrataba, escondiendo su nombre para que no sepan dónde no podía triunfar. Soberbia, insensibilidad y crueldad, entre tanto más, huellas que pisaron por largos ratos la purpurina interior.

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Golpes de realidad, escapes ineficaces, soluciones tardantes, ansiedad de libertad, rumbos desaparecidos, confusiones reinantes, gritos presionados, más y más golpes. Con palabras todo estalló. Caí lejos y lastimada. Lejos. Lejos. Muy lejos del egoísmo ciego, lejos de la violencia sin censura, lejos de la cruda penumbra de la infancia en soledad. Horas, días, horas, años, horas, meses, horas de pensar cómo contraatacar, sabiendo que no había ganado, pero tampoco había huido. Indelebles y sagradas cicatrices que señalan el rumbo contrario, el espacio donde se encadenan los milagros, el negro paisaje de pertenecer al suelo, cicatrices que prohíben olvidar de donde vengo, indicando dónde dejar de regresar.

En la distancia presiento que no enfrento, solo miro mis moretones, preocupada por mantener cortantes mis palabras para cuando las tenga que hundir en pieles venenosas, aunque no sean del verdadero enemigo, es su culpa que entre en relación. Sonrío y grito: “que bueno que todo estalló!”

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