
Se olvidó de lo que piensan, porque ya no importa lo que ya no espera de los demás. Solo está ella... gritándole cosas bonitas al mundo. Le costó darse cuenta lo muy al revés que está la gente, solo aceptando su karma lo pudo manejar. Vive lo que está adentro, de ahí salió y ahí volvió. Se cansó de tratar de calmar dolores, prefirió sublimar entre palabras (pura letra). Comenzó a escucharlas decir su verdadero nombre, entendió las melodías de esos símbolos. Se hundió a buscar sus partes rotas por tiradas, tiradas por rotas, las destruyó y volvió a moldearlas, juntas, combinadas y armoniosas. Tarde es para preocuparse por si la entienden o no, mucho tiempo auto-flagelándose con eso, eligió tomar las riendas de sus pedazos rotos, y sobre ellos cabalgar lejos de acá. Ponele el nombre que quieras, religión o filosofía, ella se encontró con los capítulos de su historia, sacudió de ellos su polvo, para dejar de respirar bazofia. Detuvo su impulso descarrilado, desechó lo que no le pertenecía, olvidó aquello aprendido por imitado, por copiado, es que no había propuesta mejor. Actúa como ella es, suave y transparente, sincerándose con las bestias, con delicados susurros les avisa que ya no les teme. Nada logra incomodarle, encontró el pasadizo directo al interior, se va allí cada vez que el juego huele mal. Ríe con brillo porque no lo hace por simpatía, es la brisa fresca de la verdad que desata sus carcajadas. Presiona sus sentidos contra el papel, escupiendo el caos que reinó alguna vez, ese diluvio de tristezas que le parecía siempre eterno. Te invita a vivir como ella, sin aterrizajes forzosos, con el mando a cargo del viento, contorneándose entre sus maravillas, mostrándote que lo bueno también se sabe proyectar.
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