Al primer encuentro se ganó un lugar en mi cuaderno de aventuras, y ya al segundo tarareé unos versos de rima tierna y divertida. La fantasía ardía. De groupie a niña, de niña a mujerzuela, a la inversa, y físicamente del living a la cama, y no invertido. Una versión moderna e inteligente de revuelco astuto y despreocupado.
Me asomé por la ventana de su "bondi" al que me había subido por la madrugada, no podía ver mi casa, pero rapidamente pensé: "Tranquila, te bajás en la próxima parada".
¿Cómo es él desde mi megalomanía? Uno de esos tipos que no hay que dejar de probar para poder dejarlos pasar rápido, esos que no son aconsejables para los problemas cardíacos de tu papá y los proyectos de estabilidad de tu mamá.
Solo agasajé sonrisas, miel y paz, es decir, lo mucho que tengo. Fuego un poco, de aquel que quema, pero que ni arde, ni lastima.
Yo que ando siempre buscando el blanco donde clavar el arpón, no quise descubrirle las sombras, así se iría rápido y sin excesos que lamentar. Tampoco dejé que me saque la piel, ¡que peligro tan grande quedar desvalida frente a un vendaval así!.
Le regateé el "chau" porque sabía que no me estaba yendo, porque nunca había llegado. Por suerte nunca terminamos. Quizás no lo vuelva a encontrar, ojalá que no, porque me entusiasma el persistir atemporal (ni en pasado, ni en futuro).
Este es el placer de lo sucinto, que no engaña, ni prolifera, simplemente vibra. Hoy no tengo que barrer fantasmas, ni embolsar cadáveres, solo me dejó un sonriente recuerdo, un par de notas y una bocanada para escribir.
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