18.11.07
Tanto
Estaba justo en la esquina, o cruzaba o me volvía marcha atrás sin darme cuenta que fuerte soplaba el viento. Momentos decisivos que solo me ayudan a dudar. Como no tenia ni primera ni reversa me fui adentro. Encontré un gran desorden, nada tenia un lugar y me sobraban un par de elementos. Volví a dudar si volver a salir. Se frustraron mis ganas de huir al encontrar el paredón de la comodidad. No elegía quedarme en el caótico interior, pero las opciones no se anoticiaban. Nuevamente tenía que decidir, así fue que otra vez dudé. Esta vez ya creía saber que me tenia que quedar, pero me restaba averiguar si ordenar o empezar a destruir para armar algo nuevo. No existían razones, ni para apurarme, ni para salir a mentir, solo tenía en la mano una duda de ansiedad por decidirme. Me arremangué los miedos para empezar a juntar tanto cristal roto. Y una vez que terminé, volví al principio. Ya había amontonado el desorden, solo lo había convertido en esa masa indefinida que la antropología llamó la Otredad de la Mismidad. Todo mi salvajismo envuelto en papel celofán, otro poco de porquerías confusas. Elegí lo que hoy considero la mejor opción, me até con mucho temor los miedos, y me senté a un costado, bien pegadita a la bolsa de consorcio que tan mal olía. Como no quería seguir dudando la desarmé, la inspeccioné y empecé a revolver todo eso, para separarlo, para mirarlo bien de cerca, aunque me tire el zarpazo. El caos comenzó a encontrar el cosmos que tanto buscaba, el dolor cesaba y el instinto suicida me empujaba a continuar. Confié en que no había un fin, que nunca terminaría la tarea de ordenar, que siempre tendría que ocuparme de esto, y por tanto cristal roto siempre me quedaría sin volver atrás. Con semejante confusión no tenía motivos para quejarme, una maldita señal de que sigo viva, ese huracán no me arrancó del todo la sensibilidad (se confió de dejar temor). Abrí un nuevo plano donde encontrar un caos para entretenerme cuando no tenga nada más que mirar ahí afuera. Un tiempo de pausa y que el mundo siga girando porque yo no tengo nada que hacer en él. Me hice responsable de tantas respuestas erróneas, reformulé mi pregunta para seguir cuestionándome por qué fue que llegue a tener que ensuciarme las manos con estos resabios de falsa felicidad. Costó varios anestesiantes el momento de pausa, pesaba más que los disfraces de los que me hablaste una vez. Me fundí entre el desorden, la mezcla y la confusión para poder sostener mis ganas de no meter la marcha atrás. Es que no es fácil hacerse el guapo cuando te pesa el bastón del recuerdo, pero no encontré otra manera de poder hacerle frente, era esta mi forma, prestarme atención y dejarme cortar por tanto cristal para formar los cayos que lo sostendrán. (Debería agradecerme que no lo mate). Mi tiempo de confusión se transformó en tiempo de campeón, me desaté los miedos y me desenredé los rubios, para cruzar bien puesta la esquina que retomé para volver a dudar.
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