Se encontró mirando su rostro en el espejo, estirando sus ojos, maquillándolos, se lavó los dientes, hasta quedar perdida entre los recuerdos, con la mirada fija en el espejo y ya sin ver su cara. Apuró el brillo en sus labios y salió del baño; sus pies a penas separados se afirmaron en el centro de la habitación. Alrededor todo se veía apagado, y sus bolsos señalaban su nueva huída, su nueva herida indeleble. Prefirió dejar uno de los bolsos, ya imaginaba el dolor mezclado con cansancio, y sus pertenencias no tenían suficiente importancia, mucho menos hoy, mucho menos ahora, yéndose de León, o mejor, arrancándose a León.
Caminaba apurada por el frío de la mañana, aunque de todos modos no tenía otra forma de caminar, siempre Renata apurada, sin saber esperar, ni siquiera por un paso sabía esperar. Hizo siete cuadras y finalmente decidió el rumbo. Ennegrecieron sus ojos verdes, y su expresión se volvió cada vez más desafiante, los borregos negros golpeaban el aire, agitando el tapado antiguo y descolorido, Renata era una llama directa hacia el incendio.
Su cara rígida observaba el timbre del séptimo “A”, respiraba agitada, cegada de odio, herida hasta las neuronas, con esas lágrimas imposibles haciendo cortocircuitos en cada uno de sus pensamientos. Cerró los ojos, recordó el espejo y esta vez vio su cara, su expresión rendida, sus gestos de dolor. Como un felino se agazapó, como una fiera otra vez atacó; apretó rabiosa y sin escrúpulos el timbre, corriendo a la calle.
León ensayaba fórmulas en su computadora, su día era de esos sin sentido y entretenidos, divagando en informaciones de fácil olvido y poca importancia para la difícil vida misma. Olía el café pensando en la extraña ausencia de Renata, su peligrosa falta y su amenazante calma. Cada vez que su imponente nombre tomaba presencia, su nombre que tan bien encajaba en su imagen de alteridad y soberbia, en su espontaneidad despreocupada, cada vez que Renata sonaba, se escuchaban todos sus ruidos, León los sabía disfrutar, él se sentía vivo en ellos. Esos gritos crueles y descabellados que ella tenía, a su vez lo mantenían alerta, Renata no era un lugar donde descansar, y su presencia era excluyente respecto a la paz.
Su café quedó igual de aturdido cuando León se sacudió con el punzante timbre, apoyó la taza sin saber dónde y gritó al portero eléctrico: “Sos una hija de puta, Renata” .
El grito no fue suficiente, nadie contestaba, León dejó colgando el tubo callado, se asomó al balcón para encontrarla, como sabía que ella iba a estar.
Desde abajo Renata le sonrió y se agachó, León se preocupó. Ella sonreía con su torso encorvado, con la mirada ciega, él se asustó sin entender aún de qué, pero teniendo muy en cuenta de quién se trataba.
“Si voy a ser una de tus putas, al menos quiero ser la que te salga más cara”. Sus manos lanzaron un violento adoquín, destruyendo en irreparables pedazos el parabrisas de León, dejando su locura fuera de todo límite, allí donde ella la prefería, bien delante de los ojos del amo.
1 comentario:
siiiiiiii
y yo siempre quise romperle el parabrisas a alguien!
saludos marumora!!
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