
Tengo un amuleto que aún tirada y lastimada me arrastra al ring, me grita que esté de pie ante el nuevo round y me avisa que hasta el próximo golpe tengo tiempo para levantarme.
Un especial amuleto enemigo que prefiere empujarme a bajar al ruedo, habiéndome incitado a afilar mi espada en sus debilidades, asegurándose de que yo sepa atravesar bien profundo a cuanto toro se me cruce.
Ha visto mi espectro flotando en la muchedumbre, lo mejor que pudo haber hecho fue lo que hizo: escupirme la verdad, que mi carne es demasiado humana para alimentar a los “divinos negadores”.
Me obliga a dejar de montar el teatro de la felicidad, no me hace chocar, me muestra que ya lo hice, porque así se percibe más, solo aprendemos dándonos cuenta que todo pasó sin habernos dado cuenta.
Un amuleto que no da suerte porque eso es para los que la necesitan, para los cobardes y para los que nunca sabrán construir sus propias armas.
Le pego gritos señaladores de sus fracasos, él disfruta sufriendo cuando le quito las vendas de los ojos, siempre me gusta hallarlo en temporadas donde se encuentra perdido y completamente vacío de certezas.
Mi amuleto sabe de mis armas pero no me las pide prestadas porque prefiere que las use contra él, sabe bien que es lo mejor que tengo, y es lo único merecedor de brindarle.
Me hace recordar que jamás manejaremos nuestras vidas, pero que tampoco es digno entregarle el mando a otro, nunca nadie se lo merecerá.
Un amuleto que digo que es mío pero que no pertenece, eligió la libertad de saber que siempre de algo dependerá, esa es su fórmula para pelear por ganarse su tan ansiada trasgresión.
Sabe hacerme pulir la artillería y preparar las pociones venenosas para que me fusile o intoxique si me freno en la plaza de los necios y cobardes.
Este amuleto quiere vivir otra vida conservando su identidad perdida, no le gusta la luz del día pero tampoco se deja guardar en el bolsillo.
Nuestros encuentros son en campos silenciados, nuestras charlas son debates, nuestro lenguaje son las equivocaciones y nuestros chistes son discusiones.
No me brinda caricias ni piropos baratos porque detestamos la compasión, nos negamos favores, desnudamos nuestros egoísmos porque nos gusta la guerra y nacimos para las batallas
Es el enemigo más cruel que encontré, su hobbie es contradecirme, mostrarme qué equivocada estoy, cuánto me falta para superarme, y qué lejos estoy de salir del barro de la comodidad.
Con su apariencia de oscuridad este amuleto sueña ser el héroe muerto de generaciones por venir, todavía me pregunto si a eso se debe el misterio que emana su detallista y minuciosa mirada.
Así nos castigamos, así nos fortalecemos, porque este amuleto no tiene piedad, porque es el único enemigo que haré feliz cuando muera por vivir desencadenada.
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